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sábado, 14 de marzo de 2009

Subida al Maigmó (circular)

“Admítelo amigo, tú no has venido aquí a cazar”.

"Va un cazador por el bosque, armado con su escopeta de un solo tiro. Viste en plan Rambo: camuflaje, gorro verde y demás. “Nasío pá matá”, como dicen los lejías. Avanza así, cauto, el arma dispuesta, cuando ve a un oso que está al pie de un árbol, roncando la siesta. Al verlo, nuestro cazador se acerca de puntillas como el gato Silvestre, apunta y desde tres o cuatro metros de distancia le arrea un escopetazo. Y falla. Al oír el tiro, el plantígrado abre un ojo, mira al cazador, se levanta sacudiéndose las ramitas de pino y las hojas secas de la pelambre, y le dice: «Chaval, has tenido mala suerte. Soy un oso gay y no me gusta que me disparen a la hora de la siesta. Así que, para escarmentarte, ven aquí, que te voy a dar por detrás». Y dicho y hecho; el oso agarra al cazador, y zaca. Lo sodomiza.

El cazador se toma el asunto con muy poca deportividad. «¡Venganza!», grita cuando corre al pueblo más cercano. Llega, entra en una armería y pide un fusil mataosos de cinco tiros. Se va a enterar, piensa, tomando de nuevo el camino del bosque. Avanza entre los árboles, el fusil dispuesto, los ojos inyectados en sangre. Y al fin divisa al oso maricón que está de espaldas, entretenido con un panal de rica miel al que da golosos lengüetazos. El caso es que se aproxima con sumo tiento el cazador, apuntando a la osuna cabeza. No quiere fallar, así que se acerca más, y más y más... Está a un metro, y el oso sigue a lo suyo. Entonces, con una risa locuela, el cazador grita de nuevo «¡venganza!» aprieta cinco veces el gatillo. Bang, bang, bang, bang, bang. Le pega cinco tiros como cinco sartenazos al oso. Y va y falla los cinco. Entonces el oso se vuelve despacio, con mucha flema, y se lo queda mirando. «Hombre-dice-pero si es mi amigo el escopetero». Luego se le acerca, sonriente. «Pues ya sabes, chaval -dice-. Yo Tarzán, tú Jane. Cinco tiros son cinco ñaca-ñacas. Ven, mi vida». El cazador intenta largarse, pero el oso, que es muy ágil, lo trinca. Luego se lo calza cinco veces, una detrás de otra.
Imagínense ahora a ese cazador volviendo al pueblo -esta vez camina ya con cierta dificultad- camino de la armería. Ese cazador que entra en la tienda. Esa ametralladora que compra. “¿Cuántos tiros le pongo?” , pregunta el armero. «Doscientos», responde. Imagínense luego a ese cazador camino del bosque con la ametralladora colgada, poniéndose alrededor de los hombros y del cuello, con manos temblorosas por la cólera, las cintas de reluciente munición. «¡Venganza!». Llega así hasta el oso. Y sin más, a un palmo de su cabeza, le dispara la cinta entera. Ratatatatatat, Doscientos tiros uno detrás de otro, sin respirar. Y falla los doscientos. Entonces el oso lo mira, chasquea la lengua y se levanta despacio, como con desgana. Luego se acerca un poco más al cazador, que se ha quedado como pasta de boniato, le pasa un brazo peludo por los hombros y le pregunta, en tono de confidencia: «Venga, admítelo colega... ¿Tú no has venido aquí a cazar, ¿verdad?»...


Esta semana, José Manuel nos propuso la ascensión al Maigmó (1296 metros), cerca de Castalla, en Alicante. La ruta se planeó casi circular, es del tipo raqueta de tenis y sólo se repite un corto tramo del inicio. La longitud es de unos 15 km.

Comenzamos en el Collado del Portell, como no: subiendo, pá calentar y llegamos al poste que nos dirige al primer pozo de nieve, que cuenta además en una loma lateral con sus “viviendas auxiliares”.

Poco después nos salimos del track para visitar la “Cueva Mosen”, que a pesar de su estrecha entrada, dentro tenía un habitáculo bastante grande en el que cabíamos todos de sobra e incluso los que no han venido pero nos leen.

Ya en el exterior pudimos admirar las primeras vistas de “la Silla del Cid”, formación montañosa llamada así porque recuerda a las sillas de cuero medievales y más adelante los cuchillos del barranco de L’Exau.

Más tarde llegamos al lugar donde están emplazadas las antenas de comunicación y nada más dejarlas atrás se nos ofreció una buena vista de nuestros inminentes objetivos, el Maigmonet y detrás el impresionante Maigmó y en una paradita para tomar resuello, Salva me dice: “No hace falta que te diga adónde nos va a hacer subir José Manuel, ¿no?”.

Cuando llegamos a la base del Maigmó y vimos la verticalidad de la ascensión pensamos que los dos perros que se había traído Mariano y Greta, la beagle de Antonio, no podrían subir, pero ésta y Morgan, uno de los perros de Mariano no tuvieron problema con una pequeña ayuda. El problema lo tuvimos con la otra perra de Mariano, que en uno de los resaltes se quedó paralizada delante de mí y no había manera de que avanzara. Tuvo que bajar Mariano y auparla con todas sus fuerzas porque la perra se cogía hasta de las cadenas como si tuviera miembros prensiles. Hasta en un momento enroscó la cabeza en la cadena y no había manera de moverla. Por fin Mariano consiguió que subiera; no había otra.

En la siguiente imagen tenemos a Toni que me está diciendo con la mirada: “Cómo esto se complique ya veremos si a más de uno le pasa lo mismo”. Antes había un cable de acero que llegaba hasta la cima y ayudaba bastante, pero ahora sólo estaban intermitentemente las cadenas, que de vez en cuando nos ayudaban en las trepadas.

En las imágenes os podéis hacer una idea de la verticalidad de los diferentes momentos. De vez en cuando pensaba en Mari, porque sé que las alturas le imponen respeto, pero nada, como si lo hubiera estado haciendo toda la vida. Si hubiera habido trofeos, se hubiera llevado otro. En su lugar lo que se llevó fue un buen almuerzo en “el palomar” donde, como siempre, nos detuvimos a degustar las viandas de todo tipo que acabamos compartiendo.

La intención era haber almorzado en la cima, pero sin el cable la trepada era muy vertical. No obstante, el que suscribe lo intentó porque creía que al final acabarían subiendo todos por otro lado, pero al decirme Toni que bajara porque se quedaban a almorzar ahí (y como no quería perderme las olivas, el café, las pastas, etc.), inicié el descenso, que me resultó problemático porque si la subida había costado, la bajada sin ver donde tenía que poner los pies, aun era peor. Menos mal que me fueron dando indicaciones, aunque ya hubo uno que quería quedarse con mi móvil, ¿Eh, Toni? jeje.

Desde la cima del Maigmó pudimos ver también la vertiente de la costa. Si desde el Balcón de Alicante (que está mucho más abajo) hay buenas vistas, imaginaros la que teníamos nosotros que estábamos en el “ático”.

Desde aquí iniciamos el regreso. No quisimos bajar hasta la terraza llamada el Balcón de Alicante porque estábamos seguros de que no íbamos a tener mejores vistas que desde aquí. En su lugar y para acortar, nos lanzamos en vertiginosa carrera por una pedrera que había en un barranquito y que cedía constantemente bajo nuestros pies, sumando al ruido de nuestra euforia, el de todas aquellas piedras deslizándose.

Después de la pedrera y tras algún tramo corto de asfalto, el regreso fue todo por una pista bien pavimentada pero matadora, porque siempre iba en ascenso. Cuando llegabas a una curva, mirabas hacia arriba y veías que continuaba la leve pero continua ascensión. Además la temperatura ya era, por primera vez esta temporada, bastante elevada. Había salido un día espléndido, sin nubes, sin viento y con un sol brillante. Los perros aprovechaban cualquier paradita que hacíamos para esperarnos echándose en el suelo fresco de la sombra, e incluso hubo una vez en que Greta no quiso reanudar la marcha de lo a gusto que estaba y hubo que insistirle. Al pasar por una balsa que había junto al camino, Mariano les sacó agua para que bebieran, cosa que agradecieron.

La vuelta se nos hizo muy pesada, siempre por pista y en continua ascensión y lo único que alegraba nuestros sentidos era la vista de la espléndida pinada por la que cruzábamos.

Una espléndida ruta, con su dosis de aventura, su alpinismo y magníficas vistas…

Como decía al principio de la crónica: “Admítelo, José Manuel, tú no has venido aquí a andar…. ¡has venido a escalar!”

Hasta la próxima.
Podréis descargaros el track clicando aquí: ROCACOSCOLLA.

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sábado, 7 de marzo de 2009

Circular: La Canal del Garbí desde Albalat dels Tarongers

“Nuestro particular Monte Rushmore.”

“… Pienso que la forma en que la vida fluye está mal. Debería ser al revés: Uno debería morir primero para salir de eso de una vez. Luego, vivir en un asilo de ancianos hasta que te saquen cuando ya no eres tan viejo para estar ahí. Entonces empiezas a trabajar y trabajar por cuarenta años hasta que eres lo suficientemente joven para disfrutar de tu jubilación. Luego fiestas, parrandas, alcohol. Diversión, amantes, novios, novias, todo, hasta que estés listo para entrar a la secundaria… Después pasas a la primaria y eres un niño que se pasa todo el día jugando sin responsabilidades de ningún tipo… Luego pasas a ser un bebé, y vas de nuevo al vientre materno, y ahí pasas los mejores y últimos 9 meses de tu vida flotando en un líquido tibio, hasta que tu vida se apaga en un tremendo orgasmo…¡Eso sí es vida!”

Esto es otro trocito de la película “El curioso caso de Benjamín Button” en el que se dice que la vida debería empezar por el final y seguir su curso al revés ¡Quizás debiéramos planteárnoslo también para las rutas! Empezar por el final cuando estás cansado y conforme avanzas, estar cada vez más fresco. Y lo de terminar con el orgasmo…..bueno….


Después de una ruta larga viene una ruta corta. Tras la paliza de la semana anterior, José Manuel nos propuso hacer para este sábado una ruta circular que partiendo de Albalat dels Tarongers y tras subir la Canal del Garbí nos devolvía a los coches. Entre 13 y 14 kilómetros.

Como esta ruta quedaba cerca, habíamos quedado a las 7’30 en La Pinada, por lo que a las 08’00 ya estábamos en marcha en un día claro y luminoso (para variar), aunque con mucho viento (para no variar).

Aparece ante nosotros una silueta rocosa ¿Será allí donde tenemos que subir? Tras reagruparnos seguimos sorteando las piedrecitas y ramitas (como diría Pacojavi) caídas en el camino.

Y seguimos subiendo disfrutando del paisaje.
Hacemos unas primeras trepaditas para abrir gana antes de llegar a la Canal y tras atravesar una pedrera que amenaza con caerse sobre nosotros…

…llegamos a nuestro particular Monte Rushmore, donde José Manuel tiene pensado hacer esculpir los caretos de los miembros del grupo Roca Coscollá. Aquí os pongo varias perspectivas para que cada uno vaya eligiendo dónde quiere que se le coloque. Ya sabéis, cuando lo tengáis decidido mandar email a José Manuel.

Mientras bordeábamos estos inmensos peñascos de rodeno se podía ver con total claridad el pulmón que es esta zona.

Siguiendo la senda llegamos a la Canal que es un barranquito abrupto por donde el que marcó el GR situó la ruta un día que había salido de copas.

Y ahí tenemos a José Manuel delante del “momento grieta”, un espacio reducido entre dos grandes piedras a través del cual hay que pasar y dependiendo de tu tamaño te tienes que quitar la mochila porque sino no cabes. Mary y Mª José superaron la prueba con éxito.

Más imágenes de la ascensión por la Canal

Y aquí tenemos a José Manuel viendo si puede estrujar al GPS para que subamos todavía un poco más.

Después de visitar el mirador buscamos un lugar resguardado del viento y almorzamos delante de un cuadro que ni el Museo de Arte de Nueva York.

En un momento del camino de regreso vimos que nos habíamos pasado un desvío que marcaba el track que llevábamos grabado. En teoría deberíamos retroceder un tramo y coger una senda que salía por la derecha. Como yo también tenía el track me lancé en avanzadilla y subí campo a través la loma de la derecha para encontrar la senda, pensando que los demás iban a retroceder y seguir el track. Cuando por fín el GPS me indicaba que estaba sobre el track, ahí no se distinguía ninguna senda. Lo corté varias veces a derecha e izquierda por si el GPS no me estuviera situando del todo bien, pero nada. Por lo que me decidí a esperar que llegara el grupo. En un momento de ese silencio grité: “¿Hay alguien?” y un cuervo contestó: “Craaack” y yo dije: “¿Pero hay alguien más?” (parodiando al viejo chiste), pero nada de nada, sólo el silencio, por lo que llamé por teléfono a José Manuel –menos mal que teníamos cobertura, lo cual no suele suceder, porque hemos tomado la mala costumbre de no llevar o encender los walkies- y me dijo que ellos no habían retrocedido sino que habían seguido por la pista, por lo que yo seguí el track en solitario y aunque en un principio no había senda, al final sí que vi lo que algún día debió ser una pero que estaba muy perdida y aboqué al sendero. Lo seguí y tras un rato ví al grupo que me estaba esperando en una curva y tuve que soportar un leve chorreo “cuando el que en realidad había ido por el camino previsto había sido yo” jeje. Nada, aventurillas que pasan.

Aproximadamente a las 13'00 llegamos a los coches y como era pronto y apetecía, parte del grupo se quedó en un bar que había al lado del parking a tomarse una refrescante cerveza.

Hasta la próxima.
Podréis descargaros el track clicando aquí: ROCACOSCOLLA.
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